Sin anestesia y sin lavarse las manos, así eran las operaciones hace 200 años

A diferencia de nuestros días, antes era mucho más seguro recibir atención medica en tu casa que en un hospital.

Es difícil pensar en los hospitales como lugares oscuros, sucios, hediondos y llenos de sangre, ya que la imagen que se tiene en los últimos siglos, es completamente opuesta; sitios en donde la higiene y asepsia debe ser exagerada, llenos de luz y colores claros, en donde el silencio debe dominar la mayor parte del tiempo. Pero, no siempre fue así, hace 200 años, las cosas eran muy diferentes.

A principios del siglo XIX, ir a un hospital era considerado como un riesgo mucho mayor que el de ser tratado en casa por un médico particular, pero mucha gente de escasos recursos no tenía otra alternativa y acudía a estos sitios que aparentemente buscaban proteger la salud de todos sus pacientes, aunque en realidad acudir al hospital era prácticamente una sentencia a muerte.

Para estas épocas la anestesia no era utilizada con fines quirúrgicos, ni las medidas antisépticas ya que se tenía la creencia de que las enfermedades eran causadas por la miasma, una “nube” invisible con olor desagradable que provenía del suelo o aguas impuras y viajaba por el aire.

Como se ha dicho anteriormente, la visita al hospital era una de las últimas opciones consideradas por los enfermos o lesionados. Generalmente acudían las personas con urgencias causadas por graves lesiones o fuertes dolores; las operaciones más comunes de atender eran la realización de torniquetes o extracción de piedras en la vejiga.

Las salas de operación de 1800 solían contar con una enorme claraboya para que la luz natural iluminara perfectamente el espacio de trabajo, alrededor del quirófano había gradas en semicírculo para que público y estudiantes, aprendices y ayudantes de medicina pudieran presenciar las intervenciones de los médicos que se encontraban en el centro del salón. En algunos hospitales permitían el acceso hasta a 200 personas para que presenciar las operaciones, era bastante inusual ver a mujeres en estos eventos, ya que no se les consideraba suficientemente fuertes para presenciar este “espectáculo”. Era común escuchar gritos de “cabezas, cabezas” que indicaban que se alejaran o agacharon para que las personas de filas atrás pudieran ver mejor lo que hacían los doctores. Otra cosa bastante habitual era el olor y humo de tabaco en los quirófanos, en donde obviamente, estaba permitido fumar, tanto para el público como para los doctores y ayudantes.

Antes de 1822 los pacientes que tenían la fortuna de atender su salud en su hogar podían beber un poco de alcohol para mitigar el dolor, pero en los quirófanos no se les daba nada, a veces se les cubrían los ojos o un bastón forrado con cuero para morder durante la cirugía. Los pacientes podían llegar a sufrir intensos dolores y sus movimientos eran un reflejo natural ante esto, por ello, antes de comenzar cualquier intervención quirúrgica, los ayudantes sujetaban a los pacientes con fuertes correas de cuero, prácticamente hasta el punto de inmovilizarlos. En 1846 se comenzó a usar éter como anestesia y en 1847, cloroformo.

Los doctores y ayudantes comenzaban su trabajo sin lavar sus instrumentos o sus propias manos, ya que esta práctica solo se realizaba al final de la operación. Las cirugías eran bastante rápidas, duraban entre 10 y 15 minutos en su totalidad, los cirujanos buscaban hacer los procedimientos lo más rápido posible ya que solían creer que mientras más rápido lo hacían, mejor eran en su trabajo, además de que debían evitar las hemorragias a toda costa. Los pisos de los quirófanos solían estar llenos de aserrín o arena para que la sangre fuese absorbida, este aserrín no era cambiado nunca. Al terminar las operaciones se vendaba a los pacientes con vendas llenas de sangre coagulada, eran reutilizadas y los doctores presumen sus batas con manchas de sangre como si fuese un trofeo.

Está de más decir que la tasa de mortalidad en los hospitales de estos tiempos era altísima, morían dos de cada tres paciente, lo más común es que los pacientes fallecieran por infecciones postoperatorias.